⚡Por Lady Campos, KM0.
Natalia Serna
Existen canciones que nacen de una melodía que aparece de repente. Otras necesitan tiempo para encontrar la forma en que quieren ser contadas. “Donde Aprendí a Quererlo Todo”, la nueva colaboración entre la cantautora colombiana Natalia Serna y el artista costarricense Rialengo, pertenece un poco a esa segunda categoría.
“Donde Aprendí a Quererlo Todo” nació de la nostalgia, pero terminó convirtiéndose en un encuentro entre Colombia y Costa Rica. Una canción que recoge recuerdos de infancia, paisajes, afectos y esas pequeñas cosas que, cuando estamos lejos, descubrimos que significaban mucho más de lo que imaginábamos.
La historia comenzó con Natalia y una idea que llevaba consigo mucha nostalgia: las ganas de volver a Colombia, de reencontrarse con su gente y con esos paisajes que forman parte de su memoria. Una melodía y un par de versos fueron el punto de partida. Después llegó Rialengo con sus propias composiciones, melodías y estructuras, y poco a poco aquella primera idea comenzó a transformarse. “Es una colección de fotografías de la infancia y la adolescencia; un conjunto de pequeños fragmentos de la vida de Rialengo y Natalia Serna”, explica Rialengo.
La canción incluso tuvo una primera vida en los escenarios durante 2025, pero siguió cambiando después de aquella presentación. La grabación y producción terminaron de darle el color que ambos buscaban, convirtiendo el tema en algo más que una colaboración: una conversación entre dos historias y dos territorios.
Natalia vive actualmente en Costa Rica, y esa experiencia migratoria atraviesa buena parte de la canción. Pero “Donde Aprendí a Quererlo Todo” no habla únicamente de irse. También habla de lo que ocurre cuando la distancia obliga a mirar el lugar de origen desde otra perspectiva. “Creo que nadie sabe lo que tiene hasta que lo pierde”, cuenta Natalia. Desde Costa Rica, cosas que antes parecían parte de la rutina comenzaron a adquirir otro significado: comer una almojábana o un buñuelo, tener a la mamá cerca, compartir con los amigos o simplemente volver a contemplar las montañas.
Salir de Colombia también le permitió descubrir algo que, quizás, desde adentro era más difícil de notar: el valor que su cultura tiene para otras personas. Costa Rica, dice, le ha mostrado un gran respeto por Colombia, por sus músicas y sus expresiones artísticas. Y mientras se adapta a una nueva realidad, también ha encontrado semejanzas entre ambos países: el café de la mañana, la naturaleza, los paisajes, la alegría, el baile y esa manera de encontrar belleza en las cosas cotidianas. Rialengo encontró algo similar durante el proceso creativo. “Nos inspiramos en la magia de nuestros territorios, en esa naturaleza que nos acogió durante la infancia y en la gente que nos cuidó”, explica.
Colombia y Costa Rica aparecen entonces no como lugares completamente separados, sino como dos espacios que pueden conversar a través de la memoria. Ríos, montañas, personas y momentos pequeños terminan funcionando como puntos de encuentro. Para Natalia, uno de esos recuerdos está ligado a las montañas colombianas que veía desde el bus mientras viajaba. Verlas verdes, enormes y siempre presentes le transmitía paz. En Costa Rica, nuevamente la naturaleza aparece como parte de sus recuerdos más valiosos, especialmente cuando puede compartirla con las personas que quiere.
⚡Dos países diferentes. Dos paisajes. Una sensación parecida de hogar
Musicalmente, la canción sigue esa misma lógica de encuentro. La cumbia y el bolero aparecen junto a diferentes matices del folclore latinoamericano e incluso elementos de dancehall, construyendo una mezcla que busca representar parte de la diversidad sonora de la región. Para Natalia, el bolero tenía un lugar especial. “Definitivamente, si uno quiere evocar nostalgia, póngase un bolerito”, dice entre risas.
Y quizá ahí está una de las claves de la canción. La nostalgia latinoamericana pocas veces es completamente quieta. Puede hablar de tristeza, distancia y añoranza, pero también puede convertirse en baile. Natalia reconoce esa característica en géneros como el vallenato, la salsa o el bullerengue: músicas capaces de cargar emociones fuertes y, al mismo tiempo, invitar a celebrar. “Es como una tristeza que se baila, que se goza.”
“Donde Aprendí a Quererlo Todo” juega precisamente con esos contrastes. Es una canción sobre recordar, pero también sobre agradecer. Sobre extrañar, pero también sobre descubrir. Sobre dejar un lugar sin dejar necesariamente atrás todo aquello que nos construyó.
Lo que sigue
Mientras esta canción comienza su recorrido, Natalia Serna ya tiene varias cosas cocinándose. La artista adelanta nuevas producciones junto a músicos de Colombia y Costa Rica, además de dos sesiones en vivo que espera compartir próximamente. Una de ellas fue realizada junto a sus compañeras de Son Semillas y la otra junto a La Bampayera de Medellín.
También prepara su viaje a México en noviembre para promocionar su álbum Mi Hogar Soy Yo, una visita que espera con especial emoción porque será su primera vez en ese país. Para octubre y noviembre trabajara en nuevas canciones y proyectos. Y el título de su próximo álbum resume buena parte del camino que atraviesa también “Donde Aprendí a Quererlo Todo”: Mi Hogar Soy Yo.
Porque migrar puede significar aprender a vivir lejos de ciertos lugares, pero también descubrir que el hogar puede viajar con uno. Puede aparecer en una canción, en una montaña, en un sabor, en una persona o en esos recuerdos que regresan cuando menos lo esperamos.
Natalia salió de Colombia buscando crecer y expandirse artística y personalmente. En Costa Rica encontró nuevas experiencias, nuevos vínculos y otra forma de mirar aquello que había dejado atrás. Porque a veces quererlo todo también significa aprender que podemos llevar más de un hogar dentro de nosotros.
